Salud
El
tabaco incrementa un 35% el riesgo de sufrir cáncer de riñón
3 DE ENERO DE 2007
El cáncer de riñón es uno de los tumores que en los últimos
años no ha dejado de aumentar. De 1975 a la actualidad se ha duplicado
el número de casos que se detecta actualmente: de los 7 casos por 100.000
habitantes de entonces a los 12/100.000 en 2006. Es el tercer tumor urológico
más frecuente tras el de próstata y vejiga.
Esta incidencia creciente tiene su origen en que
la tasa de detección es ahora mayor pero también los son los
factores de riesgo. Uno de ellos, el tabaco, puede incrementar hasta un 35%
el riesgo de desarrollar este tumor respecto a los que no fuman, asegura
el doctor José Manuel Cózar, del Grupo de Urología Oncológica
de la Asociación Española de Urología (AEU).
Componente hereditario
Aunque puede manifestarse en cualquier etapa de la vida, el pico de incidencia
se localiza entre los 50 y 75 años. Su detección suele ser casual
y viene motivada porque el paciente se somete a una exploración médica
por otra dolencia. Aparece en dos hombres por cada mujer y aunque no se conocen
las causas, el doctor Cózar señala que la enfermedad tiene un
componente hereditario.
Parece demostrada la relación de este tumor con una alteración
genética presente en algunas familias que se asocia con un desarrollo
más frecuente de este tipo de cáncer. Estudios epidemiológicos
demuestran que la incidencia puede aumentar de dos a tres veces en adultos
con historia familiar de esta enfermedad, explica este especialista
del Servicio de Urología del Hospital Virgen de las Nieves de Granada.
También deben tenerse en cuenta los factores de riesgo asociados a
la dieta y los estilos de vida. Al mencionado tabaco, este experto añade
por un lado la obesidad y el alto consumo de dietas saturadas, y por otras
determinadas condiciones laborales y ambientales. Las personas que trabajan
con pinturas, disolventes o sustancias como el cadmio o el asbesto propios
de industrias como la del automóvil están en contacto con factores
cancerígenos que pueden aumentar el riesgo de desarrollar la enfermedad.
Diagnóstico precoz
La detección precoz no es fácil, ya que la sintomatología
(presencia de sangre en la orina, dolores, pérdida de peso, sensación
de haber desarrollado una masa, etc.) suele manifestarse cuando el tumor ya
ha adquirido un gran volumen. En los últimos años se ha producido
un importante avance en el diagnóstico de este tumor.
Hasta hace unos años lo más frecuente era detectar la enfermedad
en fases avanzadas o incluso metastásicas; sin embargo en la actualidad
gracias a los nuevos avances en las técnicas de imagen el diagnóstico
es mucho más temprano.
El empleo de la ecografía abdominal y de otras técnicas han
hecho posible que se detecten tumores cuando son de un tamaño significativamente
menor.
Supervivencia
La mayor o menor supervivencia del paciente dependerá de la fase en
que se detecte la enfermedad y de la gravedad de la lesión local cuando
se produce el diagnóstico.
Cuando el tumor está confinado al riñón y es menor de
7 centímetros, en más de un 90% de los casos el paciente vive
al cabo de 5 años. Si el tumor se extiende más allá del
riñón, la supervivencia a los cinco años oscila entre
el 40 y el 70%.
Los expertos señalan que este tumor tiene un comportamiento biológico
totalmente impredecible: en cualquier momento puede producirse una metástasis,
incluso en tumores pequeños confinados al riñón al existir
una diseminación vascular a partir de micrometástasis que en
ocasiones no es posible detectar.
El doctor Cózar aclara que cuando se produce metástasis a los
cinco años sólo sobrevive un 10-20% de los pacientes. Para
determinar el grado de respuesta al tratamiento los expertos contamos con
una serie de factores pronósticos. Por ejemplo, la respuesta a los
nuevos fármacos disponibles variaría dependiendo de si al paciente
se le extirpó previamente el riñón (nefrectomía),
lo que en este caso supondría una mejor respuesta a la medicación.
Otro factor pronóstico clave es el estado general del paciente. Lógicamente
a medida que el paciente acumula factores de mal pronóstico la supervivencia
estimada va reduciéndose, señala.
En los casos de tumores localizados y menores de 4 centímetros
se extirpa sólo el tumor. Con las nuevas técnicas se han incrementado
las indicaciones de las nefrectomías parciales (extirpación
parcial del riñón) o tumorectomía (extirpación
sólo del tumor) bien por cirugía abierta o bien por laparoscopia.
Para casos muy concretos, se estudia la utilización de técnicas
menos invasivas como la crioterapia o la radiofrecuencia.
Nuevos tratamientos
Hasta hace poco, para el cáncer de riñón metastático,
sólo se contaba con agentes biológicos modificadores de la respuesta
inmune, que son la interleucina-2 (IL-2) y el interferón (IFN).
En fases avanzadas, explica el doctor Cózar, la cirugía
es insuficiente y es preciso entonces un tratamiento adyuvante con estos medicamentos
inmunoterápicos por vía subcutánea. El propio paciente
se la puede inyectar en su domicilio a modo de insulina e incluso por vía
inhalatoria. Sin embargo, la respuesta no va más allá de un
15-25%. De ahí la necesidad de identificar y desarrollar nuevas moléculas
capaces de frenar la metástasis.
Ahora se han desarrollado nuevas moléculas diseñadas para actuar
sobre la angiogénesis. Es éste un proceso de desarrollo de vasos
sanguíneos, que juega un papel importante en numerosas enfermedades.
En él es clave el denominado factor de crecimiento endotelial vascular
(VEGF), una proteína que estimula el crecimiento, la supervivencia
y la proliferación de las células de los vasos sanguíneos.
Estas terapias diana actúan directamente sobre la célula
tumoral inhibiendo bien factores de crecimiento del endotelio vascular (VEGFR
por sus siglas en inglés), bien factores de crecimiento derivados de
las plaquetas (PDGFR). Estos tratamientos impiden la formación
de nuevos vasos sanguíneos que alimentan al tumor deteniendo así
su desarrollo. Sorafenib y sunitinib son los dos primeros medicamentos con
este mecanismo de acción y ya están disponibles en Unión
Europea y Estados Unidos. Está previsto que en breve estén igualmente
aprobados en España.
En la práctica, utilizar un tratamiento antiangiogénico consigue
evitar que la metástasis siga creciendo. En caso de que la enfermedad
no esté tan avanzada esta estrategia reduce el riesgo de la metástasis.
La intervención sobre la angiogénesis en combinación
con la inmunoterapia podrían mejorar la supervivencia e incluso aumentar
la tasa de curación en muchos pacientes.
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